Hubo un tiempo en que una estrella Michelin era un galardón casi mitológico, reservado para quienes lograban transformar ingredientes cotidianos en auténticos relatos gastronómicos. Aquella guía, austera y meticulosa, trazaba un mapa emocional que hablaba de perfección y exigencia. Cada estrella tenía el peso de lo irrepetible, un testimonio de maestría que convertía al restaurante galardonado en una referencia casi intocable. Sin embargo, la Michelin de hoy parece haber olvidado esa mística. La gala celebrada en Murcia, con sus treinta y dos nuevas estrellas, fue un despliegue fastuoso, pero dejó en el aire un interrogante incómodo: ¿hemos cambiado la excelencia por la cantidad? Lo que antes era un proceso casi sagrado se ha convertido, en muchos casos, en una celebración del conformismo brillante, donde todo encaja pero poco sorprende. Es cierto que desde hace años vivimos una democratización de la alta cocina, un momento en el que nuevos talentos encuentran espacio para brillar. P...
"Alexis Soyer"
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