Vivimos tiempos en los que los egos parecen haber tomado el control absoluto de la conversación pública. No hablamos ya de la legítima autoestima o la búsqueda de reconocimiento; hablamos de egos hipertrofiados, contaminados por la política, que convierten cualquier interacción en un campo de batalla polarizado. Y en el espectáculo mediático, donde el ruido se premia más que el contenido, estos egos no solo chocan: se alimentan unos de otros. El caso de Jorge Martín, Pablo Motos y David Broncano es un ejemplo perfecto de esta dinámica. Lo que pudo haber sido simplemente una entrevista cancelada se convirtió en una polémica que rebasó las fronteras de un plató para entrar de lleno en el terreno político. De repente, El Hormiguero es tachado de conservador, mientras La Revuelta se asocia a una narrativa progresista. Pero esto no es una cuestión de bandos ni de ideologías. Al final, lo que queda expuesto es algo mucho más viejo que cualquier discurso político: la competencia entre pr...