LATASIA, lo excepcionalmente normal.
Hay lugares y experiencias tan absolutamente normales que terminan siendo toda una excepción. Quizás por eso sea más difícil o dificultoso escribir del qué y por qué Latasia forma parte de uno de esos trocitos bajo el sobredimensionado cielo gastronómico donde siempre te encuentras el clima que uno espera. Tanto el lugar como sus «habitantes» han conseguido crear un microclima al margen de las modas y los suflés, digno, relevante y espléndido.
Servidor tiene curtido el paladar y mermada la cartera, por los muchos años y haber procesionado por espacios antológicos, míticos y en ocasiones mágicos, donde la buena mesa se transforma en un conjuro de insondables sabores. Me inicié a lo grande, tras una comida y una larga sobremesa con Juan María Arzak, hace años; y desde aquel mágico encuentro he viajado por algunos de los principales fogones del sistema solar de la gastronomía, hasta un día que gocé del astro hegemónico de todo el firmamento en un planeta llamado Diverxo.
El tiempo, o quizás mi propia inconsistencia, se empeña en hacerme caer en la cuenta de que casi todos los toreros, los vinos y los restaurantes se parecen en un exceso reiterativo, que da la sensación de que han sido paridos desde una fotocopiadora multiorgánica que introduce algún matiz, aleatoriamente, de vez en cuando. Tampoco la literatura o el cine se escapan a este preocupante fenómeno de la globalización imitativa.
Hay tanta confusión y pretensiones en la cocina actual, que lo extraordinario es disfrutar de un lugar agradable, comer muy bien y pagar un precio que no te duela, y más en estos tiempos de ecuaciones engañosas. De un tiempo a esta parte, quizás sea cosa de la edad, uno busca la franqueza ajena a la pompa y al renombre, merecido o no, y es todo un privilegio dar con un lugar donde parece que te están esperando desde hace tiempo y, además, te quieren sorprender. El encuentro en Latasia siempre te conduce al lujo de una sencillez llena de cosas, matices y sueños que te hacen comentar cada plato, hasta la torrija que debe cerrar el encuentro, archiconocida, pero que cada vez lleva implícito el mensaje secreto de los dos hermanos de Latasia: tienes que volver…
Y vuelves…
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