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HIJOS DE NADIE












 HIJOS DE NADIE


A nadie le importan, excepto a su inquieto anhelo de otra vida. Ese legítimo y desesperado deseo les empuja a agarrarse a la arena de la playa como congresos famélicos o a escabullirse como gamusinos en el bosque desmadejado, triste y maloliente. Hijos de nadie, beneficiarios de una herencia compuesta de polvo y miseria, dispuestos a rechazar, y a no cruzar la línea de pinchos donde saben mejor que todos nosotros lo que les espera. Huérfanos con familias que los ignoran esperanzadas, apátridas de una nación cruel y vasalla, tras jugarse la vida, ahora solo son personas que engrosan una cifra discutida y discutible, que se alza rabiosa o desciende dando un respiro sin control alguno. 

Moneda caliente para todos, que solo cotiza al alza para el mal de todos, a este lado del estrecho y beneficio del aliento tormentoso, la maldita hipérbole y la cizaña mezquina. Quizás ellos no lo sepan, pero siempre fue difícil ser ciudadano y vivir en Ceuta y ahora lo es mucho más, casi imposible.

Marruecos es una fábrica de inmigración cuyo principal objetivo es la exportación de personas y la repatriación de divisas. Sobran hijos para la emigración y el soberano alauita cuenta con su mejor seguro, la fidelidad genética del marroquí que escapa. Es una obligación que sabe de sobra se transformará en giros postales y transferencias, algo que enriquece más aún al obeso tirano y engrasa y aumenta su poder. 

Esto no nos es ajeno a nosotros, aunque se pretenda ignorar y hasta parece un pecado recordarlo.  Los hijos de la emigración española lo sabemos muy bien.

La ecuación de esta industria del rey alauita es muy simple: cuantas menos bocas dentro y más fuera, menos gastos internos y quebraderos de cabeza y más ingresos en forma de euros. 

Solo hace falta sentarse a esperar cada final de mes.

Mientras desde Algeciras a Bruselas parece que no nos estamos enterando de nada. Esto no va a parar, por eso el tirano se ha buscado amigos poderosos y ha invertido en grupos de opinión y presión política.

El rey no puede dejar que los dividendos sean reemplazados por miles de jóvenes vagando por sus calles. O ¿es que pensáis que es tonto?

¡Es la economía, estúpidos!


Muy de tu rollo

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